MI FORMA DE ALCANZAR EL CIELO
Escrito por Miriam el Sábado, 22 de Marzo del 2008 a las 8:30 am Ir al Blog de Miriam
Cuando mi hijo era pequeño, tuve que llevarlo a vacunar, y en esa ocasión sabía que se trataba de una vacuna especialmente dolorosa. Si siempre había sufrido junto con él cuando pasábamos esos tragos amargos, también sabía que era indispensable pasarlos, porque era la única manera de evitar que le dieran enfermedades que, a la larga, resultarían muchísimo más dolorosas.
Esa vez se me ocurrió una idea “brillante”, según yo. En cuanto llegó nuestro turno, le dije a la enfermera: “Fíjese, señorita, que mi hijo y yo hicimos un trato. El soldado que él trae en la mano, también se va a dejar vacunar, pero delante de mi hijo. Si él ve que el soldado no llora ni se queja, entonces también se va a dejar vacunar y va a ser valiente”. La enfermera, comprendiendo mi mortificación, se presentó con el soldado y le dio la bienvenida -un muñeco que era casi del tamaño del antebrazo de Juan Manuel, y que era su orgullo, porque no era “chafa”, sino todo un “original”- y pidiéndole a mi hijo que lo apoyara sobre la cama, le bajó un poco el pantalón, lo frotó con el algodón empapado de alcohol y “lo inyectó”; luego le pidió que lo sobara con otro pedazo de algodón y le acomodara la ropa. Como el muñeco de verdad no lloró, tal y como yo lo había predicho, el niño volteó muy confiado a verme, como diciendo que estaba listo, y la enfermera, muy paciente, le pidió que conservara al muñeco entre sus brazos y luego lo inyectó con tal destreza, que no hizo siquiera el menor intento de llorar. Siempre se lo agradeceré a esa enfermera cuyo nombre ni siquiera supe, o por lo menos, no recuerdo.
Otras veces, como no quería comer, compré cortadores de galletas para hacerle emparedados en forma de estrella o de carrito o con cara de Santa Claus, y también llegué a pintarle de color azul el puré de papa y a servírselo en barquillo, o a jugar al avioncito con la cuchara para darle de comer en la boca y cerciorarme de que se alimentara adecuadamente, pero sobre todo, sin lágrimas, porque mi hijo fue un experto en llanto sobrecargado de “¡cuñááá… cuñááá…!”, prácticamente desde el día en que nació.
Después, cuando la muerte lo dejó sin papá, un maravilloso amigo, el Padre Jairo, lo consoló de las burlas de sus compañeros de escuela, diciéndole que no llorara porque los otros le dijeran que no tenía papá; que mejor les presumiera, “Pues tu papá será ingeniero, pero en cambio el mío, es ANGELITO”. Siempre agradeceré el ingenio de ese sacerdote, cuyo nombre sí recuerdo, y bendeciré por siempre.
En otra ocasión, cuando los Reyes Magos debían hacer su triunfal aparición para llenar la casa de juguetes, y ya la economía no estaba a la altura de las circunstancias, Jorge, a quien mi hijo le había pedido que desempeñara el papel de su papá ausente, me ayudó a escribirle un pergamino de cartulina, quemado en las orillas con su inseparable encendedor, y en el cual le escribió un mensaje con letras “de oro”, diciendo que era un vale para comprarle un colchón de buena calidad que le permitiera descansar a gusto. Yo no creo que el colchón en sí le haya entusiasmado, pero sí agradeceré siempre la ocurrencia de Jorge y la comprensión del vendedor en la tienda, porque nunca olvidaré la carita con que mi hijo le presentó el vale con “auténticas letras de oro”, y con las “firmas, también auténticas, y también de oro”, de Melchor, Gaspar y Baltasar. Con la ayuda del dependiente pude pagar con la tarjeta de crédito, que era mi único recurso, y él, con toda seriedad, le dijo a mi pequeño que podía conservar su pergamino, porque ya había verificado la autenticidad del documento y lo había anotado en la lista de cuentas por pagar de los Reyes Magos. Ese pergamino fue por mucho tiempo, un verdadero tesoro para nosotros.
Todas estas cosas, no me ayudaron a evitarle dolores a mi hijo, sino que fueron mis cómplices para que el trago no fuera tan amargo. Yo siempre he pensado que no podemos fingir que algo no duele, o cerrar los ojos para que no se vea, creyendo que así lo haremos desaparecer. Recuerdo que cuando yo era niña, me decían que me escondiera, y yo apretaba los ojos, y como ya no veía, pues pensaba que ya me había escondido; y luego, con sólo abrirlos, todo volvía a la normalidad. Ojalá que el mundo fuera así de mágico, pero no lo es.
Y como nunca ha habido nada más doloroso para mí que los dolores de mi hijo, cuando analizo estos veinte años, que son los que ahora tiene de vida, me doy cuenta de que no he podido evitarle en realidad, ni un solo dolor, ni uno solo. Únicamente, con ayuda de mis cómplices, he podido cerrarle los ojos momentáneamente para que no sienta feo, y que todo pueda volver a la normalidad.
Hoy es Viernes Santo, y yo, que soy católica, recordé la pasión de Cristo con una tristeza muy grande. Me imagino que a la Virgen María le habría encantado tener un cómplice que le ayudara a lograr que doliera menos. Y si cerró los ojos y los apretó muy fuerte, de todos modos vio morir a su hijo y lo vio desangrarse y lo vio crucificado y lo vio atravesado por la lanza en el costado, y lo vio morir, habiendo pedido perdón para todos, “porque no saben lo que hacen”.
Y siempre he estado convencida de que la pasión que Cristo tuvo que vivir, latigazo a latigazo, clavo tras clavo, caída tras caída, no es más que la muestra que nos quiso dejar, lo cual no quiere decir que tenemos que acostarnos sobre la cruz y dejarnos clavar las manos. Eso le correspondió a El, pero no es lo que pide de nosotros. El amó y predicó con el ejemplo, y así también sufrió, con el ejemplo, para que nosotros aprendiéramos a amar, a sufrir y a vivir, con valentía, sin tratar de brincarnos ni un solo paso. El, personalmente, padeció todo lo que le correspondía; y por si fuera poco, lleno de dolores, de heridas y de sangre, miraba a los demás como queriendo que no se angustiaran, como pidiendo que no perdieran de vista que todo eso era pasajero, y que la resurrección estaba a sólo tres días de distancia. Y así fue. El sabía que no tenía que disimular, pero que tampoco podía desfallecer, porque el premio, a fin de cuentas, sería universal.
Eso es lo que me hacen pensar todas las imágenes de Cristo en la cruz. Yo le veo, con todo respeto, la mirada de “Mira, yo no me rajé. Sigue mi ejemplo”. Y por eso no me he rajado nunca. Confieso que no tengo alma de mártir. No. De plano, no la tengo. Pero sí he sido valiente y ése es el ejemplo que he pretendido dejarle a mi hijo.
Ya no le compro muñecos ni le disfrazo la comida. Ahora me enfrento a él, le digo lo que pienso, y cuando le duele, siempre tengo listo el algodón para sobarlo, pero no lo engaño. Las cosas son como son, y punto. Y con el ejemplo, le enseño que no hay nada que desaparezca por el hecho de cerrar los ojos, sino que hay que caminar todos los pasos, hay que vivir cada segundo de cada hora de cada día de toda la vida, sin saltarse ninguno. No conozco otra forma de alcanzar el cielo. Y estoy hablando de mi concepto personal del cielo, que es ese punto preciso en que las almas se sienten plenas, llenas de luz, y rebosantes de amor, y por lo tanto, acompañadas de Dios.

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Cuando mi hijo era pequeño, tuve que llevarlo a vacunar, y en esa ocasión sabía que se trataba de una vacuna especialmente dolorosa. Si siempre había sufrido junto con él cuando pasábamos esos tragos amargos, también sabía que era indispensable pasarlos, porque era la única manera de evitar que le dieran enfermedades que, a la larga, resultarían muchísimo más dolorosas.
Esa vez se me ocurrió una idea “brillante”, según yo. En cuanto llegó nuestro turno, le dije a la enfermera: “Fíjese, señorita, que mi hijo y yo hicimos un trato. El soldado que él trae en la mano, también se va a dejar vacunar, pero delante de mi hijo. Si él ve que el soldado no llora ni se queja, entonces también se va a dejar vacunar y va a ser valiente”. La enfermera, comprendiendo mi mortificación, se presentó con el soldado y le dio la bienvenida -un muñeco que era casi del tamaño del antebrazo de Juan Manuel, y que era su orgullo, porque no era “chafa”, sino todo un “original”- y pidiéndole a mi hijo que lo apoyara sobre la cama, le bajó un poco el pantalón, lo frotó con el algodón empapado de alcohol y “lo inyectó”; luego le pidió que lo sobara con otro pedazo de algodón y le acomodara la ropa. Como el muñeco de verdad no lloró, tal y como yo lo había predicho, el niño volteó muy confiado a verme, como diciendo que estaba listo, y la enfermera, muy paciente, le pidió que conservara al muñeco entre sus brazos y luego lo inyectó con tal destreza, que no hizo siquiera el menor intento de llorar. Siempre se lo agradeceré a esa enfermera cuyo nombre ni siquiera supe, o por lo menos, no recuerdo.
Otras veces, como no quería comer, compré cortadores de galletas para hacerle emparedados en forma de estrella o de carrito o con cara de Santa Claus, y también llegué a pintarle de color azul el puré de papa y a servírselo en barquillo, o a jugar al avioncito con la cuchara para darle de comer en la boca y cerciorarme de que se alimentara adecuadamente, pero sobre todo, sin lágrimas, porque mi hijo fue un experto en llanto sobrecargado de “¡cuñááá… cuñááá…!”, prácticamente desde el día en que nació.
Después, cuando la muerte lo dejó sin papá, un maravilloso amigo, el Padre Jairo, lo consoló de las burlas de sus compañeros de escuela, diciéndole que no llorara porque los otros le dijeran que no tenía papá; que mejor les presumiera, “Pues tu papá será ingeniero, pero en cambio el mío, es ANGELITO”. Siempre agradeceré el ingenio de ese sacerdote, cuyo nombre sí recuerdo, y bendeciré por siempre.
En otra ocasión, cuando los Reyes Magos debían hacer su triunfal aparición para llenar la casa de juguetes, y ya la economía no estaba a la altura de las circunstancias, Jorge, a quien mi hijo le había pedido que desempeñara el papel de su papá ausente, me ayudó a escribirle un pergamino de cartulina, quemado en las orillas con su inseparable encendedor, y en el cual le escribió un mensaje con letras “de oro”, diciendo que era un vale para comprarle un colchón de buena calidad que le permitiera descansar a gusto. Yo no creo que el colchón en sí le haya entusiasmado, pero sí agradeceré siempre la ocurrencia de Jorge y la comprensión del vendedor en la tienda, porque nunca olvidaré la carita con que mi hijo le presentó el vale con “auténticas letras de oro”, y con las “firmas, también auténticas, y también de oro”, de Melchor, Gaspar y Baltasar. Con la ayuda del dependiente pude pagar con la tarjeta de crédito, que era mi único recurso, y él, con toda seriedad, le dijo a mi pequeño que podía conservar su pergamino, porque ya había verificado la autenticidad del documento y lo había anotado en la lista de cuentas por pagar de los Reyes Magos. Ese pergamino fue por mucho tiempo, un verdadero tesoro para nosotros.
Todas estas cosas, no me ayudaron a evitarle dolores a mi hijo, sino que fueron mis cómplices para que el trago no fuera tan amargo. Yo siempre he pensado que no podemos fingir que algo no duele, o cerrar los ojos para que no se vea, creyendo que así lo haremos desaparecer. Recuerdo que cuando yo era niña, me decían que me escondiera, y yo apretaba los ojos, y como ya no veía, pues pensaba que ya me había escondido; y luego, con sólo abrirlos, todo volvía a la normalidad. Ojalá que el mundo fuera así de mágico, pero no lo es.
Y como nunca ha habido nada más doloroso para mí que los dolores de mi hijo, cuando analizo estos veinte años, que son los que ahora tiene de vida, me doy cuenta de que no he podido evitarle en realidad, ni un solo dolor, ni uno solo. Únicamente, con ayuda de mis cómplices, he podido cerrarle los ojos momentáneamente para que no sienta feo, y que todo pueda volver a la normalidad.
Hoy es Viernes Santo, y yo, que soy católica, recordé la pasión de Cristo con una tristeza muy grande. Me imagino que a la Virgen María le habría encantado tener un cómplice que le ayudara a lograr que doliera menos. Y si cerró los ojos y los apretó muy fuerte, de todos modos vio morir a su hijo y lo vio desangrarse y lo vio crucificado y lo vio atravesado por la lanza en el costado, y lo vio morir, habiendo pedido perdón para todos, “porque no saben lo que hacen”.
Y siempre he estado convencida de que la pasión que Cristo tuvo que vivir, latigazo a latigazo, clavo tras clavo, caída tras caída, no es más que la muestra que nos quiso dejar, lo cual no quiere decir que tenemos que acostarnos sobre la cruz y dejarnos clavar las manos. Eso le correspondió a El, pero no es lo que pide de nosotros. El amó y predicó con el ejemplo, y así también sufrió, con el ejemplo, para que nosotros aprendiéramos a amar, a sufrir y a vivir, con valentía, sin tratar de brincarnos ni un solo paso. El, personalmente, padeció todo lo que le correspondía; y por si fuera poco, lleno de dolores, de heridas y de sangre, miraba a los demás como queriendo que no se angustiaran, como pidiendo que no perdieran de vista que todo eso era pasajero, y que la resurrección estaba a sólo tres días de distancia. Y así fue. El sabía que no tenía que disimular, pero que tampoco podía desfallecer, porque el premio, a fin de cuentas, sería universal.
Eso es lo que me hacen pensar todas las imágenes de Cristo en la cruz. Yo le veo, con todo respeto, la mirada de “Mira, yo no me rajé. Sigue mi ejemplo”. Y por eso no me he rajado nunca. Confieso que no tengo alma de mártir. No. De plano, no la tengo. Pero sí he sido valiente y ése es el ejemplo que he pretendido dejarle a mi hijo.
Ya no le compro muñecos ni le disfrazo la comida. Ahora me enfrento a él, le digo lo que pienso, y cuando le duele, siempre tengo listo el algodón para sobarlo, pero no lo engaño. Las cosas son como son, y punto. Y con el ejemplo, le enseño que no hay nada que desaparezca por el hecho de cerrar los ojos, sino que hay que caminar todos los pasos, hay que vivir cada segundo de cada hora de cada día de toda la vida, sin saltarse ninguno. No conozco otra forma de alcanzar el cielo. Y estoy hablando de mi concepto personal del cielo, que es ese punto preciso en que las almas se sienten plenas, llenas de luz, y rebosantes de amor, y por lo tanto, acompañadas de Dios.

Categoria: Pensamientos, Personales
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Comentario de luigi 
Realizado el Sábado, 22 de Marzo del 2008 a las 8:49 am
Excelente post miriam. Y aunque yo no practico ninguna religión, en estos ultimos meses me he dado cuenta que las enseñanzas de Jesucristo, Buda, Krishna, etc. son muy sencillas y se reducen a “amar de forma incondicional toda expresión de vida”. Y por supuesto que los hijos nos enseñan el significado de ese amor. No hay duda. :lol:
Comentario de Miriam 
Realizado el Sábado, 22 de Marzo del 2008 a las 11:05 am
Gracias, Luigi. Es cierto. Siempre me sorprende la cantidad de cosas que mi hijo me enseña. Claro, y todos los hijos a todos los papás.
Comentario de EddieCrow
Realizado el Sábado, 22 de Marzo del 2008 a las 3:07 pm
Hermoso post, Bravo, Miriam. Pasando entre recovecos religiosos y sentimentales, lo dejaste perfecto con puro talento. :!:
Comentario de jpborrego 
Realizado el Domingo, 23 de Marzo del 2008 a las 7:31 am
Excelente Post!! :!: :!:
Y cmo lo mencioné anteriormente no hay mejor representación de amor que la de un hijo. :smile:
Comentario de Miriam 
Realizado el Domingo, 23 de Marzo del 2008 a las 1:49 pm
Que bonitos todos.
Muchas gracias
Comentario de Cesk 
Realizado el Lunes, 24 de Marzo del 2008 a las 12:57 pm
:lol: Oraaaaales !!!!
Una forma magnifica de escribir, pero sobre todo un relato hermoso !!! :cry:
Comentario de ger 
Realizado el Lunes, 24 de Marzo del 2008 a las 6:24 pm
Miriam mi gran y admirada Miriam este post esta más que MARAVILLOSO está ESPLENDIDO.
Nosotros como padres siempre estamos en busqueda de los mejores instrumentos para educar de la mejor forma a los hijos, y como muy bien lo dices con una buena comunicación, ahora que ya están grandes, predicar con el buen ejemplo.
Y sobre todo buscando la mejor forma de alcanzar el cielo.
¡ A J U A !
Te gradesco este gran post lleno de talento y mucho AMOR.
Saludos a Todos. :lol:
Comentario de DONA LEONOR 
Realizado el Domingo, 6 de Abril del 2008 a las 5:02 pm
pude ver las mananitas que te canto juan manuel y me parecio que tu hermano luis es luigi? pues esta muy guapa felicidades
Comentario de Miriam 
Realizado el Domingo, 6 de Abril del 2008 a las 5:11 pm
Hey! Leo!!!!!!!!!!!
Que bueno que entraste.
Ojala encuentres cosas padres por aqui.
Tu escribes muy bien y me encantaria ver que alguna vez te animes a compartir con todos, por Internet, eso que sabes expresar muy bien.
Gracias por todo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

