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Semblanza Rodríguez Prats

Licenciado en Derecho, egresado de la Universidad Veracruzana. Algunos de los cargos que ha ocupado son: Secretario General de Gobierno del Estado de Tabasco; en el Departamento del Distrito Federal, Delegado en Venustiano Carranza, Director General de la Comisión de Desarrollo Urbano y Director General de Regularización Territorial; Gerente de Desarrollo Social de la Comisión Federal de Electricidad y Director General del Instituto Mexicano del Café. Fue Diputado Federal de la LV Legislatura.

Ha publicado veintidós libros entre los que destacan: La Política del Derecho en la Crisis del Sistema Mexicano, (Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM, 1986) y La Congruencia Histórica del Partido Acción Nacional (Epessa, 1997).

Ha sido articulista de la revista ¡SIEMPRE! y MIRA, así como del diario UNO MAS UNO, y de los periódicos el Universal, Financiero, Reforma y su suplemento dominical Enfoque. El Gobierno del Estado de Veracruz publicó la biografía de Adolfo Ruiz Cortínes, de su autoría (reeditada por Miguel Ángel Porrúa Editor, 1992).

Fue Presidente en Tabasco de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística donde coordinó y compiló el libro Tabasco: Realidad y Perspectivas (tres volúmenes, coedición del Gobierno del Estado de Tabasco y Miguel Ángel Porrúa Editor,).

Es coautor de la colección El PAN en el Poder Legislativo de cuya obra ya se publicaron los tomos I y II, Actores y Testigos y Colegio Electoral. Otras obras son: Abel Vicencio Tovar, un hombre de oposición, así como Momentos y decisiones cruciales en la historia de Acción Nacional (EPESSA).

“Desencuentro y Parálisis del Congreso Mexicano” fue publicado en enero 2006, mismo que fue editado por Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Su libro más reciente se titula Escudriñando Tabasco, mismo que fue editado por el gobierno del Estado de Tabasco y la Universidad Olmeca, el cual fue publicado en el pasado mes de junio del 2009.

Miembro del Partido Acción Nacional desde el 10 de junio de 1994, y candidato al gobierno del estado de Tabasco por el Partido Acción Nacional en ese mismo año. Es miembro del Comité Ejecutivo Nacional, consejero en Tabasco y a nivel nacional. Fungió como Secretario de Acción de Gobierno del CEN.

Fue diputado federal de la LVII Legislatura y Coordinador de Debates del GPPAN durante esa legislatura. También fue asesor de la Fundación Miguel Estrada Iturbide A.C.

Durante su encargo como Senador de las Legislaturas LVIII y LIX, perteneció a las comisiones de Energía (de la cual fue presidente en la LVIII Legislatura), Gobernación, Estudios Legislativos, Justicia y Desarrollo Rural.

Ha impartido más de mil conferencias en todo el país. Como parlamentario ha participado en 460 ocasiones en Tribuna y Sesiones permanentes (Legislaturas LV, LVII, LVIII, LIX y LX. ) *

Juan José Rodríguez Prats fue diputado federal, por el principio de representación proporcional y fungió como Subcoordinador de Debates y formación del Grupo Parlamentario de Acción Nacional en la LX Legislatura, misma que concluyó en agosto del 2009, etapa en la que logró superar las quinientas intervenciones, por lo que incluso.

De acuerdo a una investigación realizada por el diario El Universal fue el parlamentario más activo de la LX Legislatura, con 139 intervenciones, superando al resto de los legisladores de todos los partidos con representación en la Cámara de diputados.

El desliz de Beatriz

En el transcurso de nuestra historia, se pueden encontrar discursos nobles, generosos, que llaman a la concordia y a la política de reconciliación. Recuerdo excelentes piezas oratorias de priistas notables, por ejemplo, la respuesta de Beatriz Paredes al Primer Informe de Gobierno de Vicente Fox en el que recitó algunos versos de mi paisano Carlos Pellicer.

La patria necesita aquellos hombres

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La democracia emputecida

Juan José Rodríguez Prats

Siendo candidato a gobernador por el Partido Acción Nacional en 1994, mi madre y mi hermana repartían un tríptico para promover el voto a mi favor. Un ciudadano recibió el folleto y de inmediato preguntó: “¿Dónde está la gorra?, ¿dónde está la camiseta?, ¿dónde está la despensa?” Mi hermana respondió: “Nosotros no obsequiamos eso”. La respuesta fue contundente: “Pues van a perder”. En el Estado de Chiapas una señora, interrogada sobre el sentido de su voto al salir de la urna, reveló el nombre del candidato por el cual había votado. Al preguntarle el periodista la razón que la llevó a tomar esa decisión, respondió que le habían dado $200.00 a cambio de su voto. Ante la sorpresa del periodista, ella exclamó con toda naturalidad: “Que de algo sirva mi voto”.
Enrique Krauze, hace muchos años, hablaba de la democracia sin adjetivos. Pero al analizar libros, artículos o propuestas, cada vez se arraiga más la obsesión de adjetivarla. Así, se habla de la democracia insustituible (Alonso Lujambio), la democracia integral (Eduardo Ibáñez), la democracia paralizada (Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda), la democracia vulnerada (Jorge Alonso y Alberto Aziz Nassif), la democracia utópica (Sergio Zermeño). Platicando con un amigo sobre cómo el discurso para atraer el voto se restringe a ofrecerle al ciudadano todo sin reparar en deberes y obligaciones, le decía que tenemos una democracia prostituida. Él, de inmediato, como buen tabasqueño, me respondió que ese verbo le parecía muy elegante porque, en realidad, hemos llegado a una democracia emputecida.
El problema arranca con una pésima legislación y una inmensa estructura burocrática que organiza y regula las elecciones. El derecho electoral en México no ha tenido claro cuál es el valor a proteger que, en este caso, es el de la voluntad ciudadana, el de la soberanía popular. Cada vez que ha habido reformas electorales, que prácticamente son sexenales, se ha protegido a los partidos políticos. En lugar de presumir la buena fe, que es tarea previa del legislador, se presume lo contrario y, por lo tanto, emergen propuestas casuísticas que han hecho del derecho electoral una madeja confusa cuando debería ser una serie de normas sencillas y accesibles al ciudadano. Se cree que los órganos, para ser confiables, tienen que ser colegiados y eso nos ha llevado a un enorme aparato electoral que inclusive tiene dos estructuras paralelas haciendo exactamente lo mismo: las estructuras estatales subordinadas a los ejecutivos locales y la estructura federal limitada a hacer elecciones cada tres años con una burocracia y partidas presupuestales permanentes. Cuando al hacer una ley no se tiene preciso el fin que se busca, como es el caso, esa ley resulta ineficaz o, lo que es peor, produce efectos totalmente contrarios a los principios del orden jurídico.
Alguien me platicaba que en una visita en Bonn, Alemania, le mostraron las oficinas del órgano electoral. Para su sorpresa, resultó ser una casa muy modesta en la que había tres empleados encargados de actualizar el padrón. Cuando fueron interrogados sobre quiénes hacían las elecciones y cómo se organizaban éstas, ellos respondieron con naturalidad: en cada proceso los ciudadanos las realizan: instalan las casillas, la ciudadanía vota, se cuentan los votos, se emiten los resultados, que todos acatan. Al final de la jornada, regresan a su casa, conscientes de haber cumplido con sus deberes cívicos.
Nuestro derecho electoral ha sido producto de negociaciones en las que el PRI buscaba preservar sus privilegios de partido hegemónico y la oposición buscaba arrebatarle las posibilidades de auténtica participación ciudadana. Eso nos llevó a un derecho que, como bien lo expresa el refrán popular, “El que hace la ley hace la trampa”.
Desde que estudié la carrera de Derecho, siempre creí que la voz moral, como bien lo indicaba el filósofo Kant, es autónoma y que resulta mucho más eficaz que la norma jurídica que es heterónoma y coercitiva.
El problema de la democracia es cultura política, exige el respeto de valores fundamentales, como la aplicación de la ley, el respeto a la verdad, la tolerancia. Pero, de manera especial, la imparcialidad de los órganos del poder, la confianza en la capacidad del ciudadano y el respeto a su dignidad. No es reprobable que una gente en un cargo público apoye a un candidato en campaña pero sí lo es canalizar recursos públicos, distorsionar la política social, subordinar los órganos electorales, frenar a los medios de comunicación, reprimir a los partidos opositores y amedrentar a quienes no coinciden en el apoyo al candidato del partido en el gobierno. Sobre todo, si todo ello va acompañado de una brutal propaganda, manifiesta o subliminal, para inducir la preferencia del voto. Un partido que no pone la preeminencia del interés nacional por encima del interés partidista deviene partido faccioso y eso es lo que tenemos en muchas entidades de la república.
La democracia es el sistema político de la ética. Por eso, tenemos que insistir en deberes porque el deber es la expresión más solidaria del ser humano. Ahí está la conciencia superior que nos induce a asumir tareas. Ahí está la obligación sublime del ser humano con los demás. Sin eso, podremos seguir empecinados en querer hacer todo a través de leyes. En cada legislatura felicitarnos unos a otros porque seguimos perfeccionando el derecho electoral y sus instituciones pero los resultados seguirán siendo los mismos.
Es demasiado iluso haber creído que arribar a la democracia iba a ser de una vez y para siempre. La democracia es un largo proceso, es brega de eternidad. Siempre será perfectible y siempre requerirá de todos el acatamiento elemental de nuestros deberes cívicos, sobre todo de nuestros gobernantes, de nuestra clase política, porque ahí debe radicar el auténtico liderazgo.

El derecho exuberante

EL DERECHO EXUBERANTE
16 de mayo de 2010
México ha tenido un grave problema: no ha definido para qué sirve el derecho. La realidad se ha manoseado sin modificarla a través de normas jurídicas que parten de distorsiones graves. Por un lado, el diagnóstico de las conductas que se quieren modificar y, por el otro, la imprecisión de los valores que deben inducir a esas conductas.
El derecho sirve para muy poco y a veces es más lo que estorba; no hace mejores a los hombres, sino que intenta evitar que seamos peores. Es, en fin de cuentas, una teoría que intenta aproximarse a la práctica, respaldada por la autoridad del Estado y por la conciencia legal de gobernantes y gobernados. Solamente se puede legislar sobre lo que es reformable y una norma jurídica que se concibe con la convicción previa de su imposible realización deviene demagogia o letra muerta.
Veamos cómo algunas voces notables han concebido el derecho para confirmar los contrastes:
Hidalgo pedía leyes suaves, benéficas y adecuadas a las circunstancias de cada pueblo.
Morelos depositaba su confianza en las buenas leyes. Señalaba que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte el Congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y se aumente el jornal del pobre, de tal suerte que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto. Por eso en la Constitución de Apatzingán quedó establecido que la ley es la expresión de la voluntad general en orden a la felicidad común. En ese documento se llegó inclusive a hablar del concepto de felicidad.
Justo Sierra señalaba que la Constitución de 1857 era romántica pero poco efectiva. Y es que la burocracia porfirista consideraba que los mexicanos son incapaces de gobernarse a sí mismos democráticamente; necesitan de un padre benévolo que los guíe y que aplique flexiblemente el sentido general de la ley.
Emilio Rabasa afirmaba contundentemente: “Todo lo hemos esperado de la ley escrita y la ley escrita ha demostrado su incurable impotencia”.
Manuel Gómez Morin opina: “…hacemos leyes ambiguas, plagadas de errores gramaticales, propicias a todas las interpretaciones, confusas en su ideología, faltas de un plan, de una idea central, que armonice con el conjunto, que le dé fuerza y que permita una interpretación correcta en los innumerables casos en que la duda y la laguna en la ley no pueden evitarse”.
Muchos autores clasifican los diferentes sistemas jurídicos en dos grandes rubros: 1) los que son conducidos por las costumbres, por lo que el legislador únicamente plasma en la ley lo que la realidad ya ha convalidado y, 2) los que se orientan por un derecho deliberado; esto es, por normas que emanan de órganos colegiados y que pretenden orientar la realidad. El problema, en el segundo grupo, consiste en que muchas veces esos órganos colegiados están atrofiados y, por lo tanto, el derecho no guía la realidad, sino que la sigue. Es decir, va detrás de ella. En tal caso, no cambia al compás de las modificaciones de la realidad social, derivando en formas anquilosadas, fósiles y lejanas a los hechos vivos.
Nuestro derecho es malo. No se ha definido adecuadamente el ámbito de lo jurídico. No se ha definido correctamente sobre qué legislar y muchas veces nos orientamos por ocurrencias. Recientemente un legislador, sin conocimiento alguno, proponía la barbaridad de una Ley de Cultura.
No toda la sociedad debe ser legalizada y se tiene que desechar la idea de que emitiendo una ley o creando más burocracia se resuelven los problemas. La experiencia demuestra que de esa manera las soluciones se complican en la mayoría de los casos.
Desgraciadamente, a diferencia de otras disciplinas en las que sólo intervienen los profesionales, el derecho es una materia que, por su naturaleza, está en manos de corrientes de opinión, de intereses particulares o de partidos. Siempre resulta insuficiente, siempre es mejorable y, por lo tanto, nunca es definitivo.
Nuestra Constitución es un mal texto jurídico. Su contenido emana de dos filosofías políticas: el liberalismo individualista del Constituyente del 56-57 y el nacionalismo estatista del Constituyente del 16-17. Documento abigarrado y discordante, ni siquiera logra deslindar lo público y lo privado. Única constitución en el mundo que consigna derechos que protegen al Estado de los individuos, cuando precisamente el origen de las constituciones está en la defensa de la persona frente al aparato estatal.
Al inicio de la década de los años noventa se dio una intensa revolución constitucional. En América Latina casi todos los países se han dado un nuevo texto, incorporando las nuevas corrientes. La culminación de este gran movimiento lo establece sin duda la Constitución de la Unión Europea que desafortunadamente no culminó con éxito.
En México el debate es añejo: una nueva constitución o seguimos parchando el texto actual. Me parece que el artículo 135 constitucional, por su rigidez, no deja más remedio que seguir parchándola. El Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución nos deberían convocar a señalar prioridades y a asumir la tarea. En los últimos cambios profundos a nuestra Carta Magna es fácilmente detectable que los poderes Ejecutivo y Legislativo actuaron ante hechos ya consumados. Se terminó el reparto legal de la tierra cuando ya no había tierra por repartir. Se reconoció el derecho a impartir educación religiosa en los recintos escolares particulares cuando esto era ya práctica común. El reconocimiento de la personalidad de la Iglesia y su relación con el Estado acabó con una enorme y añeja simulación.
La tarea, pues, es urgente. Es criminal que México no progrese por no modificar leyes. Eso refleja mezquindad y rechazo a la preeminencia del interés nacional. Duele que en las evaluaciones mundiales, por culpa de una mala normatividad, México tenga una mala calificación. Ojalá pronto asumamos la tarea.

El PAN y los Derechos Humanos

Juan José Rodríguez Prats

A Adriana González Carrillo y a Rubén Camarillo, con mi solidaridad por su lucha en defensa de los derechos humanos.

Siempre es un deleite y un aprendizaje leer a Borges, quien sacude conciencias cuando expresa: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Esta idea también se puede aplicar a las instituciones políticas. El Partido Acción Nacional, desde su origen, ha sido denodado defensor de la persona frente al Estado. A diferencia de Vicente Lombardo Toledano, compañero y miembro del grupo de “Los siete sabios”, que veía en el Estado las soluciones fundamentales, Manuel Gómez Morin desconfiaba del aparato público. Catedrático de Teoría del Estado, estudioso de los filósofos griegos, siempre se preocupó y ocupó de los esquemas para intentar frenar los abusos del poder y en defensa del ciudadano. Por eso en el núcleo de la doctrina panista se encuentra el respeto a la dignidad de la persona humana.
La dignidad designa el grado o calidad que constituye digno; es una condición del sujeto que lo hace acreedor a algo. En otras palabras y en una definición muy escueta, tener dignidad significa tener derecho a tener derechos. Si se afecta esa mínima esfera jurídica del hombre –constituida por sus libertades básicas y sus derechos civiles y políticos–, se está atentando contra su dignidad. No hay para dónde hacerse. Cuando un Estado atropella a un ser humano en sus derechos elementales, el PAN debe ser solidario con esa víctima del abuso del poder; sus principios lo impelen a ello. Concretamente, no se puede ocultar la violación de los derechos humanos de la dictadura castrista. Basta escuchar las declaraciones de Guillermo Fariñas para percibir que se trata de un hombre de cierto nivel educativo, con convicciones, que decide asumir la más extrema medida en solidaridad con sus 26 compañeros, presos políticos, que se encuentran en malas condiciones de salud.
Acción Nacional presume –y me parece que con sustento– de tener identidad. Esto se puede constatar a lo largo de su historia por los principios que ha sustentado. Sin embargo, el momento de la verdad al que se refiere Borges le llega al PAN al asumir el poder. Por ello, me parece absolutamente panista la actitud de los senadores para hacer un exhorto a la hermana República de Cuba para que “abran canales de diálogo político y concedan la libertad a quienes se encuentran privados de ella en razón de sus ideas”. No hay en este llamado ninguna ofensa ni atropello a la soberanía. Duele que por un senador panista se haya perdido la votación. Duele por su trayectoria y porque convivió con muchos de los fundadores del PAN. Duele por su justificación con el argumento simplista de que la propuesta era “una bobada”. Con ese tipo de actitudes se olvida una viejísima lucha de abnegación y de perseverancia desarrollada en más de 70 años de vida política.
Al PAN le ha ido mal cuando se ha alejado de sus principios. Desde el arranque del gobierno del presidente Fox hizo falta un ejercicio de reflexión sobre las directrices que debían orientar al PAN en el poder y en las cuales no se podía ceder. No era un ejercicio de imaginación, sino de memoria, de repaso histórico y de lealtad a las propuestas de los fundadores. ¿Qué acaso las ideas panistas sólo sirven para criticar al poder pero no para ejercerlo? ¿Qué acaso no hay la convicción firme de que esos principios siguen siendo válidos para gobernar? Traigo a la memoria la frase de Tolstoi: “Es injusto pensar que el ideal de la perfección en el infinito no puede servirnos de guía y que debemos abandonarlo o rebajarlo al nivel de nuestra flaqueza. Ese razonamiento es parecido al de un navegante que, al no poder seguir la dirección indicada por la brújula, la arrojase por la borda diciendo que no le sirve para nada”.
La mínima obligación del PAN al llegar al poder debió consistir y consiste en distinguirse de la forma en que se ha hecho política. Ahí está la fuente de su legitimidad y el estímulo de la esperanza. Su doctrina se sustenta en los pilares básicos de la cultura occidental: la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeocristiana. La idea de la dignidad ha sido la fuente más fecunda del pensamiento político. De ahí, de una u otra forma, se desprenden todas las expresiones en defensa de los derechos humanos. Desde la esfera mínima de las libertades, hasta los derechos sociales, que consisten en brindar al ser humano las condiciones básicas para alcanzar el bien común.
Las turbulencias y tribulaciones que agitan hoy el escenario político nacional solamente pueden ser apaciguadas con una política de principios y el PAN los tiene. Por elemental congruencia, con todo y sus consecuencias, debe sostenerlos en cada uno de los asuntos de la agenda nacional.
Retomando el pensamiento de Borges, ahora transcribimos una idea de quien yo considero un gran líder del siglo XXI, Barack Obama: “Muy de vez en cuando, viene un momento en que tenemos la oportunidad de reivindicar las mejores esperanzas que tenemos sobre nosotros mismos… no estamos destinados a ganar, pero estamos destinados a serle fiel a nuestros principios. No estamos destinados para el éxito pero estamos destinados a dejar resplandecer la luz que llevamos dentro”.

La parafernalia ideológica

Juan José Rodríguez Prats

2 de mayo de 2010

Hace algunas décadas, tuvo gran repercusión en México un libro denominado El hombre mediocre del argentino José Ingenieros. Hay un párrafo que no me resisto a reproducir: “En ciertos periodos la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos. Es el clima de la mediocridad”.

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