Con beneplácito ha sido vista la medida recién anunciada por la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud para erradicar la venta de comida chatarra en las escuelas; medida que incluso se extiende hacia afuera de los planteles mismos, es decir, a un determinado número de metros no podrán instalarse los puesteros para vender este tipo de productos. Tal medida ha sido bien recibida por la mayoría de los ciudadanos, no así por quienes viven de esto y suponemos que, en principio, tampoco por los consumidores –niños y jóvenes, en este caso– porque están habituados a comer productos chatarra. Sin embargo, uno a todo se acostumbra y si en vez de comprar un chafamaiz o un sumergible amarillo cremoso, compra una barra de granola alta en fibra, tarde o temprano hasta le encuentra gusto porque se ha acostumbrado al sabor, o bien, a saciar el hambre con algo más saludable.
Se supone que los inspectores de comercio en todo el país supervisarán los interiores de los planteles escolares y sus alrededores para hacer que la medida sea respetada, aunque cabe la posibilidad de que siempre habrá infractores. (Por citar un ejemplo: hay un antecedente de cuando se retiraron o se tomó la determinación de que no hubiera videojuegos a tantos metros de las escuelas, y de todos modos en algunos casos siguen por ahí.) Hay que tomar en cuenta, también, que en muchas ocasiones los directores mismos de las escuelas son quienes tienen este negocio de vender comida chatarra y ellos van a tratar de no cumplir la medida.

