Juan José Rodríguez Prats
A Adriana González Carrillo y a Rubén Camarillo, con mi solidaridad por su lucha en defensa de los derechos humanos.
Siempre es un deleite y un aprendizaje leer a Borges, quien sacude conciencias cuando expresa: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Esta idea también se puede aplicar a las instituciones políticas. El Partido Acción Nacional, desde su origen, ha sido denodado defensor de la persona frente al Estado. A diferencia de Vicente Lombardo Toledano, compañero y miembro del grupo de “Los siete sabios”, que veía en el Estado las soluciones fundamentales, Manuel Gómez Morin desconfiaba del aparato público. Catedrático de Teoría del Estado, estudioso de los filósofos griegos, siempre se preocupó y ocupó de los esquemas para intentar frenar los abusos del poder y en defensa del ciudadano. Por eso en el núcleo de la doctrina panista se encuentra el respeto a la dignidad de la persona humana.
La dignidad designa el grado o calidad que constituye digno; es una condición del sujeto que lo hace acreedor a algo. En otras palabras y en una definición muy escueta, tener dignidad significa tener derecho a tener derechos. Si se afecta esa mínima esfera jurídica del hombre –constituida por sus libertades básicas y sus derechos civiles y políticos–, se está atentando contra su dignidad. No hay para dónde hacerse. Cuando un Estado atropella a un ser humano en sus derechos elementales, el PAN debe ser solidario con esa víctima del abuso del poder; sus principios lo impelen a ello. Concretamente, no se puede ocultar la violación de los derechos humanos de la dictadura castrista. Basta escuchar las declaraciones de Guillermo Fariñas para percibir que se trata de un hombre de cierto nivel educativo, con convicciones, que decide asumir la más extrema medida en solidaridad con sus 26 compañeros, presos políticos, que se encuentran en malas condiciones de salud.
Acción Nacional presume –y me parece que con sustento– de tener identidad. Esto se puede constatar a lo largo de su historia por los principios que ha sustentado. Sin embargo, el momento de la verdad al que se refiere Borges le llega al PAN al asumir el poder. Por ello, me parece absolutamente panista la actitud de los senadores para hacer un exhorto a la hermana República de Cuba para que “abran canales de diálogo político y concedan la libertad a quienes se encuentran privados de ella en razón de sus ideas”. No hay en este llamado ninguna ofensa ni atropello a la soberanía. Duele que por un senador panista se haya perdido la votación. Duele por su trayectoria y porque convivió con muchos de los fundadores del PAN. Duele por su justificación con el argumento simplista de que la propuesta era “una bobada”. Con ese tipo de actitudes se olvida una viejísima lucha de abnegación y de perseverancia desarrollada en más de 70 años de vida política.
Al PAN le ha ido mal cuando se ha alejado de sus principios. Desde el arranque del gobierno del presidente Fox hizo falta un ejercicio de reflexión sobre las directrices que debían orientar al PAN en el poder y en las cuales no se podía ceder. No era un ejercicio de imaginación, sino de memoria, de repaso histórico y de lealtad a las propuestas de los fundadores. ¿Qué acaso las ideas panistas sólo sirven para criticar al poder pero no para ejercerlo? ¿Qué acaso no hay la convicción firme de que esos principios siguen siendo válidos para gobernar? Traigo a la memoria la frase de Tolstoi: “Es injusto pensar que el ideal de la perfección en el infinito no puede servirnos de guía y que debemos abandonarlo o rebajarlo al nivel de nuestra flaqueza. Ese razonamiento es parecido al de un navegante que, al no poder seguir la dirección indicada por la brújula, la arrojase por la borda diciendo que no le sirve para nada”.
La mínima obligación del PAN al llegar al poder debió consistir y consiste en distinguirse de la forma en que se ha hecho política. Ahí está la fuente de su legitimidad y el estímulo de la esperanza. Su doctrina se sustenta en los pilares básicos de la cultura occidental: la filosofía griega, el derecho romano y la religión judeocristiana. La idea de la dignidad ha sido la fuente más fecunda del pensamiento político. De ahí, de una u otra forma, se desprenden todas las expresiones en defensa de los derechos humanos. Desde la esfera mínima de las libertades, hasta los derechos sociales, que consisten en brindar al ser humano las condiciones básicas para alcanzar el bien común.
Las turbulencias y tribulaciones que agitan hoy el escenario político nacional solamente pueden ser apaciguadas con una política de principios y el PAN los tiene. Por elemental congruencia, con todo y sus consecuencias, debe sostenerlos en cada uno de los asuntos de la agenda nacional.
Retomando el pensamiento de Borges, ahora transcribimos una idea de quien yo considero un gran líder del siglo XXI, Barack Obama: “Muy de vez en cuando, viene un momento en que tenemos la oportunidad de reivindicar las mejores esperanzas que tenemos sobre nosotros mismos… no estamos destinados a ganar, pero estamos destinados a serle fiel a nuestros principios. No estamos destinados para el éxito pero estamos destinados a dejar resplandecer la luz que llevamos dentro”.

