Cuando mi hijo era pequeño, tuve que llevarlo a vacunar, y en esa ocasión sabía que se trataba de una vacuna especialmente dolorosa. Si siempre había sufrido junto con él cuando pasábamos esos tragos amargos, también sabía que era indispensable pasarlos, porque era la única manera de evitar que le dieran enfermedades que, a la larga, resultarían muchísimo más dolorosas.
Esa vez se me ocurrió una idea “brillante”, según yo. En cuanto llegó nuestro turno, le dije a la enfermera: “Fíjese, señorita, que mi hijo y yo hicimos un trato. El soldado que él trae en la mano, también se va a dejar vacunar, pero delante de mi hijo. Si él ve que el soldado no llora ni se queja, entonces también se va a dejar vacunar y va a ser valiente”. La enfermera, comprendiendo mi mortificación, se presentó con el soldado y le dio la bienvenida -un muñeco que era casi del tamaño del antebrazo de Juan Manuel, y que era su orgullo, porque no era “chafa”, sino todo un “original”- y pidiéndole a mi hijo que lo apoyara sobre la cama, le bajó un poco el pantalón, lo frotó con el algodón empapado de alcohol y “lo inyectó”; luego le pidió que lo sobara con otro pedazo de algodón y le acomodara la ropa. Como el muñeco de verdad no lloró, tal y como yo lo había predicho, el niño volteó muy confiado a verme, como diciendo que estaba listo, y la enfermera, muy paciente, le pidió que conservara al muñeco entre sus brazos y luego lo inyectó con tal destreza, que no hizo siquiera el menor intento de llorar. Siempre se lo agradeceré a esa enfermera cuyo nombre ni siquiera supe, o por lo menos, no recuerdo.
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